Ayer dormimos en la Pensión Ferradura, un sitio muy recomendable, limpio y económico. Además los dueños son muy amables.
Salimos a pedalear sobre las 9, tenemos apenas a 50 kilómetros de Santiago, aunque no conviene dormirse en los laureles.
Poco nos dura la calma. A Carolina le está haciendo mucho ruido el freno trasero y en el primer desvÃo ya no consigue frenar nada.
Asà que hay que volver a cambiar las pastillas. En plena operación aparece el grupo de portugueses que llevamos varios dÃas encontrándonos. Son como 10 y entre ellos, el más veterano, es mecánico de bicicletas. Fue como si desembarcara un cuerpo de operaciones especiales. Me echaron a un lado, entre tres levantaron la bici en peso a modo de trÃpode de reparaciones, mientras el mecánico hacÃa su trabajo. El resto le iba acercando las herramientas que iba pidiendo como si fuese un quirófano: «una allen pequeña, no, más pequeña». Y uno de broma le iba secando el sudor de la frente. Finalizada la operación nos despedimos y seguimos camino con los frenos en perfecto estado.
La etapa de hoy no tiene grandes subidas ni bajadas, pero tampoco es llana, no es fácil ni difÃcil, no es suave ni dura. Es otra cosa. Es Galicia. Asà que lo que principio parece un kilómetro puede terminar pareciendo 2, y eso sin averÃas.
Y claro, en esas estábamos, antes de llegar a Arzúa que pinché de nuevo la rueda trasera. Una piedra se clavó en la cubierta y llego hasta la cámara.
Todo iba bien hasta que habÃa que volver a montarlo todo y desapareció una arandela de separación de la parrilla y el cuadro. Nos llevamos una hora buscando la pieza perdida en la herba recién desbrozada, llena de pinchos, toxos y ortigas.
Al final, desistimos porque no aparecÃa y entre mis herramientas encontré algo que me podÃa servir para sustituir la pieza perdida. Asà qué seguinos ruta de nuevo.
Los kilómetros pasan muy despacio pero van pasando y vamos encontrando los lugares clásicos que para nosotros son pequeños referentes del Camino. A partir de Arzúa están llenos de ellos: la calle del hórreo, el paso del rÃo, la pasarela de piedra, la tienda de los polos…
A medida que nos acercamos a Santiago vamos viendo que hay algunos cambios: el aeropuerto por lo visto se ha ampliado y se ha comido parte de la subida a Lavacolla, que apenas me di cuenta de que la estábamos pasando. Eso explica el desmontado que hicieron hace unos años en esa subida.
Paramos a comer como es tradición en Casa Amancio, pero como no habÃa menú no tuvimos más remedio que apretarnos un arroz negro. Pura necesidad. Además asà ya llevamos adelantado el homenaje de fin de fiesta, por lo que pueda pasar.
Nos quedan 9 kilómetros para Santiago. Lo que no nos quedan es ganas de pedalear, ni de llegar. Pero hay que hacerlo. Asà que seguimos hasta O Monte do Gozo, para sellar por última vez.
Pero no pudo ser: la iglesia cerrada y hasta habÃan retirado el clásico monumento a Juan Pablo II que coronaba el monte.
Finalizamos el viaje dejándonos caer hasta Santiago. También se notan cambios en la entrada. De momento no tenemos que entrar por carretera porque han hecho un carril bici hasta entrar en las calles principales. También el cruce de la carretera con el semáforo lo han quitado y han convertido el acceso más diáfano y fácil.
La entrada en el centro no ha cambiado mucho, y con tanta gente por las calles sigue siendo complicada.
La plaza del Obradoiro está a reventar para la hora que es: música, bailes, peregrinos por todos lados…
Por la noche quedamos por fin con Javier y con su hija que estudia en Santiago, ya que durante los dÃas anteriores no habÃamos podido echar ni una cerveza con él, asà que hoy nos despedimos por las calles de Santiago contándonos las batallitas de nuestro camino. Un abrazo compañero y gracias por todo.
Y aquà termina nuestro viaje, aventura por momentos. Un viaje duro y emocionante del que nos llevamos muchos recuerdos y experiencias inolvidables.
Nunca olvidaremos el Camino Olvidado.