Etapa 5.- Almadén de la Plata – Monesterio

Anoche teníamos ya previsto que llovería toda la noche y parte de la mañana, la previsión era que a las 10 pararía hasta las 2, así que decidimos coger un apartamento en Almadén en lugar de probar en el albergue, que nos echarían demasiado temprano.

Y efectivamente, llovió toda la noche. Sólo les dio a los melojeros para salir un rato en la procesión del Simpecado, que prepara la tradicional Romería de la Divina Pastora que se celebrará el fin de semana que viene.

Como adelantando lo que estaba pasando fuera, nos quedamos dormidos y una hora que ganamos porque al levantarnos seguía lloviendo a cántaros.

Desayunamos, en el apartamento, recogimos sin demasiada prisa y en el primer claro que vimos salimos de Almadén. Antes del primer kilómetro empezó a llovernos, primero suavemente, después con más fuerza. Nos íbamos resguardando cuando veíamos que la cosa iba a más en donde podíamos, pero la dehesa que estamos atravesando no tiene demasiados árboles en el camino que estamos transitando, ya que está todo vallado para que no se salgan las ovejas, cabras, burros, vacas, caballos y cerdos que nos vamos encontrando por todo el camino.

Y ahora que sacamos el tema de los animales: perros, también perros. Por esta zona de Extremadura en la que nos estamos ya metiendo, las fincas están llenas de cierres para control de los animales, y nos tenemos que llevar abriendo y cerrando cancelas continuamente. Una de ellas tenía un hermoso rebaño al otro lado y un mastín del tamaño de un gorila ladrándonos como loco.

No había más opción que abrir la puerta y pasar al mismo lado donde estaba el perro. En cuanto intenté abrir la puerta notamos que el perro retrocedía, sin dejar de ladrar, así que nos animó a seguir entrando, sin dejar de perderle la cara para que no se viniese hacia nosotros. Nos fuimos alejando y cuando salimos de su zona de control dejó de ladrar. Pero el muy puñetero tenía otro plan, nos siguió por la zona alta del camino y cuando nos montamos en la bici empezó a correr detrás de nosotros.

Ni siquiera la cuesta abajo nos libraba de él, así que decidimos parar y volver a enfrentarnos a él. Y ahí volví a usar mi grito «hipoahuracanado» con un NOOOO firme y seco que le hizo frenar, retroceder y volver a su rebaño. Todo quedó en un susto y una anécdota.

Seguíamos por la dehesa con mucha agua, demasiada. Estábamos ya empapados y congelados porque la temperatura además había bajado de golpe. Cuando salimos a la carretera resulta que estábamos en el Complejo Leo, donde paramos muchas veces cuando vamos o venimos en coche. Allí sólo paramos unos minutos para descansar y seguir hacia Monesterio que está a unos 9 kilómetros.

Llegamos tan cansados y mojados que sólo teníamos ganas de algo caliente y descansar un poco para seguir hacia Fuente de Cantos, pero seguía lloviendo, se había levantado mucho viento y decidimos quedarnos en Monesterio.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *